Un pueblo japonés con el 70% de adultos mayores busca atraer jóvenes de la Amazonía peruana

Nanmoku, en la prefectura de Gunma, firmó un acuerdo de hermanamiento con Belén, distrito de Iquitos. La localidad japonesa registra unas sesenta muertes y apenas dos o tres nacimientos al año. Sus autoridades buscan residentes a largo plazo, aunque todavía no está definida la vía migratoria para concretar los traslados.

Nanmoku, una localidad japonesa de unos 1.300 habitantes, busca atraer jóvenes del distrito peruano de Belén para enfrentar el envejecimiento y la pérdida de población. El municipio, situado en la prefectura de Gunma, tiene al 70% de sus residentes con 65 años o más.

El acuerdo de hermanamiento entre ambas comunidades permitió una reciente visita de la alcaldesa de Belén y dos estudiantes peruanas. Según el reportaje de AFP, las autoridades japonesas esperan que esos vínculos culturales y personales puedan convertirse, con el tiempo, en nuevos hogares establecidos en la aldea.

Una comunidad con apenas dos o tres nacimientos al año

El alcalde de Nanmoku, Saijo Hasegawa, describió una diferencia demográfica difícil de sostener: cada año mueren unas sesenta personas, mientras nacen solamente dos o tres bebés.

La localidad ya había sido identificada en un informe de 2014 como especialmente amenazada por la despoblación. En sus calles se observan viviendas y comercios desocupados, señales de una comunidad que pierde actividad.

Hasegawa advirtió que la disminución de habitantes podría comprometer servicios como el transporte público. Por eso, considera necesario ampliar la búsqueda de residentes e incluir a personas extranjeras.

Belén presenta una realidad demográfica diferente

El distrito de Belén, en Iquitos, tiene unos 60.000 habitantes y una edad promedio de 27 años. Sin embargo, esa población joven enfrenta dificultades para encontrar empleo.

La alcaldesa Lina Arista López explicó que gran parte de la actividad económica depende del comercio informal y de cultivos como yuca, arroz y maíz. A su juicio, la falta de oportunidades puede motivar a los jóvenes a considerar otros destinos.

El acercamiento reúne así a una comunidad que necesita habitantes con otra donde parte de la población busca mejores perspectivas económicas.

Dos estudiantes mostraron interés en mudarse

Wendy Sangama, de 19 años, y Ketsi Yahuarcani, de 23, participaron en la visita a Japón y expresaron su disposición a vivir en Nanmoku si surgiera la oportunidad.

Durante la estancia conocieron espacios de la comunidad, incluido un hogar de ancianos. Ambas destacaron la recepción de los vecinos y la experiencia de recorrer la localidad.

Sangama señaló que mudarse podría ayudarla a construir un futuro más próspero y apoyar a su familia en Perú. También reconoció el costo personal de vivir lejos y no poder ver a sus seres queridos con frecuencia.

La residencia y el empleo siguen sin resolverse

El acuerdo no constituye, por ahora, un programa migratorio con permisos de residencia garantizados. El reportaje señala que todavía no está claro qué vía permitiría a los interesados establecerse legalmente en Japón.

La disponibilidad de trabajo también representa un desafío. Nanmoku había intentado atraer a jóvenes de otras zonas del país, pero las opciones laborales limitadas dificultaron esos esfuerzos.

El objetivo de Hasegawa es recibir pobladores que permanezcan a largo plazo, en lugar de depender únicamente de trabajadores temporales contratados para cubrir necesidades puntuales.

El idioma y la movilidad pueden dificultar la adaptación

Yuki Wanibuchi, una residente de 34 años que se trasladó desde Kioto, advirtió que instalarse en la aldea requiere afrontar barreras prácticas.

Entre ellas mencionó el idioma y la necesidad de contar con un automóvil. Obtener una licencia de conducir, explicó, exige conocimientos de japonés.

Estas condiciones muestran que atraer residentes también requiere facilitar su integración y las actividades cotidianas, además de despertar interés por la comunidad.

Los vecinos esperan una nueva generación

Para Hiroshi Ihara, de 87 años, la pérdida de población forma parte de su experiencia familiar: sus tres hijos se trasladaron a grandes ciudades para trabajar.

El vecino expresó su deseo de que lleguen jóvenes, incluidos extranjeros, que contribuyan a sostener la vida de la aldea. Esa expectativa acompaña el proyecto de hermanamiento, cuyo futuro dependerá de resolver las condiciones laborales, migratorias y de integración necesarias para que los interesados puedan echar raíces.

Fuente: EL COMERCIO

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