FLORES EN EL TREN

FLORES EN EL TREN

El título de hoy, a ver, el título de hoy es, no sé, tengo tantos títulos que no sé cuál ponerle.

Pero voy a darle un título, perfume, fragancia de flores, ese va a ser el título de nuestro tren de cada día. Fragancia de flores, el tren de cada día. Sí, me gustó, ¿les gustó? Bueno, y déjenme decirles lo que escribí para ustedes de lo que me aconteció esta semana en nuestro tren de cada día.

Esta fue una semana de verdad muy pero muy ajetreada, de esas semanas que te dejan a veces sin aliento, donde el trabajo no para y los resultados a veces, sinceramente, no acompañan el esfuerzo que ponemos. Es por eso que esta semana tomé una decisión y fue una de esas decisiones pequeñas, parecerían pequeñas, pero al final terminan siendo enormes, y sin que uno se lo proponga. Decidí ir yo misma a comprar las plantas y las flores.

No era mi trabajo, no me correspondía, pero si algo podía mejorar, ¿por qué no hacerlo? Y así fue como una mañana de esta semana salí a buscar flores, a buscar plantas, a buscar colores, a buscar vida. Y de regreso, ya prácticamente convertida en florero, un florero gigante, el más grande que el Metro de Nueva York había visto en mucho tiempo. Y llené un carrito de mano de plantas y de flores, de diferentes colores.

Y así entré en el tren lleno de gente, entre la multitud que viajaba a Manhattan. Tenía flores por todas partes, me hicieron espacio para no lastimar a las flores. Y esa mañana, toda la gente que entraba y salía del tren, miraban las flores y sonreían.

La gente se quedaba mirando, algunos sonreían sin querer, y otros se acercaban curiosos. ¿Cómo se llama esa flor? ¿Dónde la compraste? ¿Cuánto cuestan? ¿Las vendés? ¿Todavía quedan para ir a comprar? Y yo ahí, siete y tanto de la mañana, respondiendo preguntas, repartiendo información. Me convertí prácticamente en una florista improvisada.

Y ahí íbamos, en ese vagón lleno de gente. Una joven se me acercó tímidamente y me pidió una flor, una sola flor. Y me quiso pagar, y era para ponérsela en el ojal.

Y le dije, no la vendo, no es para vender, es para un lugar especial. ¡Ay, una sola, only one, just one please! Y se la tuve que regalar. Otra vino, y cuando vio que le di una flor a ella, vino otra persona y me dice, yo también quiero una para ponérmela en el sombrero.

¡Ay, santo cielo! Menos mal que había una que estaba medio alicaída, y dije, ah, bueno, te regalo esta, porque de todas maneras esa no la iba a usar. Y me puse a pensar, mirando todas esas flores, entre amarillentas, rosadas, rojas, hojas verdes. ¿Cuánta belleza puede despertar una flor en el corazón de una persona? Cuando bajé del tren y comencé a caminar rumbo al edificio por la calle, era la misma cosa.

Miradas, sonrisas, preguntas. Era como si las flores fueran un idioma universal. Los niños.

Me decían, beautiful, it’s pretty, I like that flower. Es hermoso, es bonito, me gustan las flores. Un idioma universal que todos entienden, sin necesidad de traducción.

Y en medio de todo eso, empujando ese carrito lleno de flores y plantas, me di cuenta de algo muy importante. La falta de color a nuestras mañanas. La falta de olor a naturaleza en nuestro día a día.

Cada mañana es igual a la anterior. Rutinaria, gris, sin innovación, sin una sola cosa que nos detenga a decir, bueno, qué lindo, cómo me gusta. Es que vivimos tan, pero tan apurados, que nos olvidamos de mirar las flores.

Estamos tan ocupados, tan, pero tan ocupados, y absortos en lo que hacemos, que olvidamos que la belleza también es una necesidad para nuestra alma. La verdad es que esa mañana en el tren, rodeada de mis flores y mis plantas, me sentí bien, y me sentí libre. Libre.

Me sentí un poquito parte de esas flores. Y sentí también que en ese tren mucha gente, que tenían las miradas perdidas en las ventanas, mirando todo y a la vez nada, esa mañana se pasó mirando a las flores, por lo menos a toda esa gente que estuvo a mi alrededor. Y admirando el regalo de la naturaleza, los colores perfectos de ese rojo sangre de esas rosas, de ese blanco púrpura de las calas, de ese olor increíble de las margaritas blancas con ese corazón amarillo, de ese verde impresionante de esas hojas que decoraban a esas flores, y ese perfume compartido y mezclado que hacían a una esencia muy especial.

Y llegué a la conclusión que no debemos esperar que el mundo nos traiga color. A veces nosotros mismos tenemos que ser nuestros propios floreros, y si hace falta ir a comprarlos lejos, como en este caso, que para llevarlas a Manhattan tuve que viajar en tren. Cerramos nuestro bloquecito del tren de cada día aquí en Gotitas, Gotitas de Amor, y hoy con un colorido super, super especial.

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