Esta es una carta de amor de una persona que me escribió desde Argentina y me dice es una carta de amor imaginario. Es una carta de amor imaginario que nunca tuve, pero que Dios me prometió.
Escuchen bien esto. Qué interesante. Esta persona le escribió una carta a un amor imaginario que nunca tuvo, pero, escuchen bien, que Dios le prometió que tendría.
Entonces, ella le escribe a ese amor imaginario y dice, te escribo desde este lugar donde habitan los sueños que aún no se cumplen, pero que el corazón se niega a asultar. Te escribo aunque no sé tu nombre, aunque no conozco tu rostro, aunque mis manos nunca tocaron las tuyas. Te escribo porque existes, en algún lugar del plan divino existes.
Qué interesante. Sigue diciendo esta carta al amor que Dios le prometió a esta persona. Dios me prometió un amor como el tuyo.
Me lo susurró en las noches de soledad. Me lo recordó en cada decepción. Me lo confirmó cada vez que cerré una puerta que no era la correcta, y yo me aferro a esa promesa como un náufrago se aferra a la orilla.
Qué lindo. Nunca te tuve, dice, pero te conozco. Te conozco en cada amor que no fuiste.
No fuiste las mentiras disfrazadas de palabras dulces. No fuiste las promesas rotas, ni los silencios que hieren más que los gritos. No fuiste la hipocresía que sonríe de frente y traiciona por la espalda.
No fuiste la violencia que destruyó el alma con palabras filosas, ni con manos que lastimaban. No fuiste el desamor disfrazado de costumbre, porque tú, amor prometido, eres todo lo contrario. Eres la verdad en la forma más pura, donde las palabras y los actos culminan de la mano.
Eres el diálogo sincero, ese donde dos almas se desnudan sin miedo porque saben que no serán juzgadas sólo amadas. Eres la entrega absoluta, no la que se da a medida o con condiciones. Eres ese amor que se derrama completo, sin guardarse nada, sin calcular, sin medir.
Entrega que no agota, sino que multiplica. Eres la alegría compartida, esa risa espontánea que brota cuando dos corazones laten al mismo ritmo. Eres el compañerismo verdadero, donde los triunfos se celebran juntos y las caídas se levantan en equipo.
Eres el amor de día y de noche, de día cuando el mundo nos mira y caminamos juntos con orgullo, de noche cuando sólo quedamos tú y yo y no necesitamos máscaras, porque la intimidad es un templo sagrado, no un campo de batalla. Eres ese amor donde no existen los atropellos verbales, esas palabras envenenadas que se lanzan como puñaladas, donde no hay golpes ni físicos ni emocionales, porque las manos son para acariciar y los labios para bendecir. Eres el amor que dura para siempre, no el para siempre de los cuentos de hadas que se desvanecen al primer problema, sino ese para siempre que se construye día a día con paciencia, con perdón, con elección constante.
Ese amor que madura como el buen vino que se fortalece con los años en lugar de debilitarse. Y eres sobre todo ese amor que ni la muerte separa, porque cuando dos almas se encuentran de verdad, cuando se aman con la pureza que Dios diseñó, ni siquiera la muerte tiene poder para romper ese lazo. El amor verdadero transciende el tiempo y el espacio, vive más allá del último aliento, se encuentra de nuevo en la eternidad.
Amor mío que nunca tuve, te he esperado en medio del dolor y sé que Dios va a cumplir su promesa y sé que Dios te va a poner delante mío en cualquier momento y esa promesa va a tener dos ojos hermosos, una boca sonriente y un corazón que va a latir con amor para toda la vida. Y firma luz. ¡Qué hermosa carta! Una carta de amor imaginario que nunca tuvo esta persona, pero que Dios le prometió y que ella considera que pronto ese amor va a llegar con forma de hombre, con ojos bellos, con una boca sonriente y con un corazón lleno de amor.
¡Fantástica carta! ¡Fantástica, de verdad! ¡Emocionante cómo escribe esta persona, pero fantástico, de verdad! ¡Me encanta, me encanta, me encanta!
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