EL TREN DE CADA DÍA - CHOCOLATE

EL TREN DE CADA DÍA – CHOCOLATE

El título de mi tren de cada día hoy es el pasajero de cuatro patas que robó mi corazón. Sí, así como escuchan, el pasajero de cuatro patitas que robó mi corazón. Ustedes saben que hay encuentros que parecen escritos por el destino y el de hoy fue uno de esos, que en realidad fue el del viernes, porque el viernes ocurrió esto, pero hoy lo escribí para recordar mejor con todos los detalles.

Subió el tren con una elegancia natural envuelto en su capa naranja brillante, sus pelos color marrón chocolate revoloteándose al viento del invierno crudo de Nueva York, como si la brisa de la mañana jugara con esos rulos. Se sentó justo delante mío y en ese instante nuestras miradas se cruzaron. ¡Ay, qué romántico! No necesitamos palabras.

Yo extendí mi mano, él acercó la suya y en ese simple gesto sellamos una amistad instantánea. Al ratito ya quería darme besitos, esos besos húmedos y sinceros que sólo un alma tan pura puede dar. Su dueño me miró con una mezcla de sorpresa y ternura.

¡Qué raro! No suele hacerse amigo tan rápido. Creo que con usted fue un amor a primera vista, me dijo. Y yo sonreí porque sí, había sido exactamente eso, amor a primera vista.

Le pregunté al dueño si siempre viajaba con su compañero de cuatro patitas, esperando escuchar que sí, que eran inseparables, pero su respuesta me partió el corazón de la manera más hermosa. No, normalmente viene la persona que la que lo cuida, pero hoy no pudo venir y cuando ya estaba saliendo le dejé agua, comida, le di un montón de abrazos y besitos y cerré la puerta. Y lo escuché llorar del otro lado.

Abrí la puerta, lo miré a los ojos y la verdad no pude dejarlo. Así que aquí estamos. Hizo una pausa y sus ojos se llenaron de ese brillo especial que sólo aparece cuando recordamos a quien ya no está.

Chocolate fue el regalo de mi madre antes de partir. Sus últimas palabras fueron ¡Cuida de Chocolate! Y ahora él es quien cuida de mí. Es mi mejor compañía, es el más honesto, el más sincero, mi cuatro patitas, decía el señor.

Y en ese momento mis amigas y mis amigos de Gotitas de Amor, algo se removió dentro mío. Chocolate no era sólo un perro, era un legado de amor, un pedazo vivo de memoria, una promesa que tenía que cumplir su dueño con su mamá. Cuidar de Chocolate.

Le acaricié las orejas suaves y miré sus ojos redondos grandes, con un color avellana, y entendí por qué había llorado en la puerta. Porque los perros saben, ellos sienten cuando nos necesitan, cuando nosotros los necesitamos también ellos sienten. No calculan, no razonan, es cierto, pero aman, así de simple.

Los cuatro patitas aman así simplemente, sin pedir nada a cambio, excepto un abrazo de vez en cuando. Cuando llegamos al Gran Central, nos despedimos, Chocolate me dio un último beso en la mano, como sellando nuestra breve pero profunda amistad, y yo me quedé ahí, parada en el andén, viéndolos alejarse. Un hombre cumpliendo la palabra y la promesa que le había dado a su madre, y un perro cumpliendo su misión de estar ahí siempre sin condiciones.

Mis amigas, mis amigos, pensé una vez más en esa verdad antigua, en esa verdad inrompible, el perro es el mejor amigo del hombre. Pero ahí aprendí algo más, los perros no sólo son amigos, yo diría que son como puentes, y voy a exagerar un poco, son como puentes entre el cielo y la tierra, son el último abrazo de quien ya se fue, diría que son la presencia que permanece cuando todos los demás se desvanecen, cuando nos va mal y quedamos sin amigos, el único que se queda con nosotros, ¿quién es? Nuestro perro. Son leales en su forma más pura, y nos brindan amor sin palabras, compañía sin reproches, y Chocolate con su capa naranja y sus pelos al viento, me recordaron y me recuerda hoy que los mejores encuentros no se planifican, sencillamente se sienten, y a veces, en medio del ruido del tren, la prisa de la ciudad.

Entre todo ese laberinto, Dios nos regala un momento de ternura pura para recordarnos que el amor verdadero no necesita razones, el amor verdadero solamente necesita corazones dispuestos a dar y a recibir, y ese hombre que estaba cuidando el regalo de su madre, me enseñó que honrar a quienes amamos, no es solamente recordarlos, sino amar lo que ellos amaron, cuidar lo que ellos cuidaron, y mantener viva la llama que encendieron en nuestras vidas. Hoy le digo gracias, Chocolate, por ese amor a primera vista. Gracias, sinceramente, por compartir ese minutito de ternura contigo, Chocolate.

A lo mejor nunca más nos vamos a volver a ver, pero me permitiste sacarte una foto, y la tengo conmigo, y vamos a ponerla en nuestra página digital para que todo el mundo conozca al Chocolate que me robó el corazón con un amor a primera vista. Por eso quería compartir con ustedes hoy, aquí, en el Tren de Cada Día, esta historia tan linda, tan tierna, que de verdad me tocó, me tocó profundamente el corazón, y me enseñó que hay amores y amores, y el de Chocolate, para con su dueño, estoy segura que es un amor puro y sincero. Cerramos nuestro bloquecito de mi Tren de Cada Día aquí compartiendo con ustedes en gotitas, gotitas de amor.


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