Mientras el mundo observa expectante el próximo cónclave que elegirá al sucesor del papa Francisco, los cardenales disfrutan de una tradición menos conocida pero profundamente arraigada: compartir una última comida abundante antes de recluirse en la Capilla Sixtina.
Una tradición centenaria
Desde 1924, es costumbre que los cardenales se reúnan para una cena copiosa antes de iniciar el cónclave. Este festín no solo sirve para nutrirse, sino también como un momento de fraternidad y reflexión antes del aislamiento. Los menús suelen incluir platos tradicionales italianos como pasta a la carbonara, burrata y escalope, acompañados de vino y postres locales.
El cónclave: aislamiento y austeridad
Durante el cónclave, los cardenales se alojan en la Casa Santa Marta y siguen una dieta sencilla: desayuno con café, té, pan y mermelada; almuerzo con entrada, plato principal, guarnición y fruta; y una cena ligera. El vino se ofrece en pequeñas cantidades y solo bajo pedido.
Esta austeridad tiene raíces históricas. En 1274, el papa Gregorio X implementó normas estrictas para evitar estancamientos en la elección papal, incluyendo el racionamiento de alimentos: después de tres días sin consenso, una comida al día; tras ocho días, solo pan y agua.
Seguridad y protocolo en la comida
La comida durante el cónclave está sujeta a estrictos controles para garantizar la confidencialidad del proceso. Se evita servir platos cerrados o bebidas en recipientes opacos para prevenir la introducción de mensajes ocultos. Los alimentos son preparados por chefs laicos de confianza y supervisados por la Guardia Suiza.
Un cónclave diverso y decisivo
El cónclave de 2025 será uno de los más diversos de la historia, con 134 cardenales electores de 71 países. La edad promedio es de 72 años, con el más joven de 45 y el mayor de 79. Esta diversidad refleja la expansión global de la Iglesia y plantea desafíos y oportunidades para su futuro liderazgo.
