Nueva York hundió más de 2.500 vagones del metro para crear arrecifes en el Atlántico

Entre 2001 y 2010, miles de antiguos vagones fueron enviados al fondo del océano frente a cinco estados de la costa este. La iniciativa buscaba crear arrecifes artificiales y permitió a la MTA ahorrar millones de dólares en el desmantelamiento de los trenes.

Más de 2.500 antiguos vagones del metro de Nueva York terminaron en el fondo del océano Atlántico entre agosto de 2001 y abril de 2010. Pero no se trató de un accidente ni de desperdicios arrojados al mar: formaban parte de un programa destinado a crear arrecifes artificiales en zonas del lecho marino prácticamente cubiertas solo por arena.

La Autoridad Metropolitana de Transporte (MTA) envió los vagones retirados frente a las costas de Nueva Jersey, Delaware, Virginia, Carolina del Sur y Georgia.

Antes de ser hundidos, los trenes eran limpiados y se retiraban aceites, productos químicos, puertas de cristal, carteles y asientos.

De vagones del metro a refugio para la vida marina

Entre los primeros utilizados estuvieron los famosos Redbird, fabricados entre 1959 y 1964 y reconocibles por el intenso color rojo que adoptaron durante los años ochenta.

Los vagones eran transportados en barcazas hasta puntos previamente seleccionados y luego lanzados al agua. Una vez en el fondo, comenzaba rápidamente la colonización de sus estructuras.

Mejillones, esponjas y otros organismos se adherían al metal, creando alimento y refugio para peces y otras especies.

Un ahorro de unos 12 millones de dólares

El programa también representó una solución económica para la MTA. Los Redbird contenían amianto y su desmantelamiento requería un procedimiento costoso.

La agencia calculó que utilizar los vagones para formar arrecifes artificiales le permitió ahorrar aproximadamente 12 millones de dólares.

Uno de los ejemplos más conocidos se encuentra frente a Delaware, donde fueron hundidos inicialmente 619 vagones. Actualmente, más de 700 forman parte del llamado Redbird Reef, situado a unos 24 metros de profundidad.

El proyecto también generó cuestionamientos. Algunos grupos ambientalistas plantearon dudas sobre el amianto y otros especialistas cuestionaron si estas estructuras realmente aumentan las poblaciones de peces o simplemente las concentran alrededor de los vagones.

Más de dos décadas después del inicio del proyecto, una parte de la historia del metro neoyorquino permanece bajo el Atlántico, convertida en refugio para la vida marina y destino para pescadores y buceadores.

Fuente: Vozpópuli

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