Mi viejo arbolito de Navidad

Mi viejo arbolito de Navidad

Este versito me toca profundamente el corazón.
Porque no habla solo de un arbolito de Navidad, sino de todo lo que uno va guardando cuando está lejos de su tierra.

Llegué a los Estados Unidos en 1991. Al año siguiente, en 1992, compré mi primer arbolito de Navidad en un garage sale. Era pequeño, humilde, de esos que no llaman la atención… pero que iluminan el alma. Lo compré con lo que tenía, y desde entonces me acompañó a donde fuera. Si me mudaba, el arbolito iba conmigo. Siempre encontraba su lugar: sobre una mesita, adornando mis Nochebuenas y mis Navidades.

Tenía globitos de colores, unas lucecitas sencillas y un pequeño pesebre que también había conseguido de segunda mano. La Virgencita, San José, el Niño Jesús, una vaquita y un burrito. Nada más. Pero era suficiente. Ese pequeño rincón me devolvía, aunque fuera por un ratito, a mi Paraguay, a las Navidades en familia, al pesebre grande y lleno de colores de mi infancia.

Con los años, las circunstancias cambiaron. El trabajo, la vida, los tiempos. Un día tuve que guardarlo en una caja. Y allí quedó, dormido entre recuerdos, durante muchos años.

Hace poco, mientras ordenaba y me deshacía de cosas, abrí una caja olvidada… y allí estaba él. Mi viejo arbolito. Pequeñito, viejito, con sus ramitas escasas y esos globitos que de niña me parecían joyas. Al verlo, los recuerdos se desbordaron… y mis ojos también.

Recordé cómo lo miraba cada noche hasta quedarme dormida bajo su luz. Recordé a la mujer que era entonces, soñando con un mundo que recién comenzaba.

Hoy lo volví a armar y lo puse en mi sala. No por costumbre, sino por gratitud. Porque ese arbolito no es solo un adorno. Es historia. Es caricia. Es compañía. Es la prueba de que los años pasan, las cosas cambian, pero el amor que guardan nuestras memorias permanece intacto, brillando como una lucecita más en el árbol de nuestra vida.

Amo a mi viejo arbolito.
Mi eterna compañía.


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