RELATOS DE LA VIDA REAL
Bueno, señoras y señores, vamos a nuestro bloque final de la jornada de hoy aquí en Gotitas de Amor.
Y como cada día, llegamos al bloquecito de Relatos de la Vida Real.
El título del relato de hoy es:
“Te encontré y te perdí”.
Sí… así como suena.
Te encontré una noche fría de enero.
Estabas perdida en las calles de Nueva York, con un mapa arrugado en la mano temblorosa y una dirección escrita en un papel.
No hablabas el idioma.
Tu carita asustada me asustó aún más a mí, porque te sentí frágil, muy expuesta al peligro de esta ciudad voraz, intensa, a veces terrible.
Recuerdo que me acerqué y te dije:
—¿Puedo ayudarte?
Me miraste con miedo…
pero cuando escuchaste tu idioma saliendo de mi boca, tus ojos se iluminaron como dos faroles en la oscuridad.
—¡Qué bueno que hablás español! —dijiste.
Y me extendiste esa dirección con manos que temblaban de frío y de miedo.
No podía creerlo.
Era una casa a una cuadra de la mía.
—Es increíble —te dije—, vivo a una cuadra.
Tu rostro se iluminó… y el mío también.
Aunque todavía no lo sabía, esa noche no solo te ayudé a encontrar tu destino:
esa noche encontré el mío.
Tú.
Desde ese día, nunca más nos separamos.
Cincuenta años pasaron desde aquella noche.
Medio siglo caminando juntos por estas mismas calles donde te encontré perdida.
Cincuenta años riéndonos de aquella noche en que el destino jugó a ser cartógrafo y dibujó nuestras vidas en un mismo mapa.
Cincuenta años que pasaron como un suspiro a tu lado.
Y hoy…
hoy vengo a dejarte en el camposanto.
Ahora soy yo el que está perdido.
Sin dirección, sin mapa, sin nadie que me ayude a encontrarte.
Esta vez no puedo tocarte el hombro y decirte “por aquí”.
Esta vez no puedo tomarte de la mano y guiarte a casa.
Ahora la distancia no se mide en cuadras, sino en dimensiones que no alcanzo a comprender.
Te busco en cada rincón de la casa.
En la cocina, donde preparabas el café.
En el sillón, donde tejías mientras mirabas tu novela.
En el jardín, donde regabas tus flores.
En nuestra cama, donde ya no está tu calor ni tu perfume.
Te busco… y no te encuentro.
Y esta vez no hay mapa que me lleve hasta donde estás.
Sé que nunca más volveré a verte físicamente sonriente.
Pero esa sonrisa que iluminó cincuenta años de mi vida vive para siempre en mi mente y en mi corazón.
Tu vida se apagó como una vela cuando ya no queda más cera que quemar.
Y yo me quedé en la oscuridad, tropezando, buscando… perdido.
El dolor es tan grande que no sé si tendré fuerzas para seguir caminando por estas calles que recorrimos juntos durante cincuenta largos años.
Pero antes de irte me pediste algo.
Con esa voz débil, pero firme.
Con esas manos frágiles sosteniendo las mías.
Me pediste que siguiera luchando.
Por nuestros hijos, ya grandes, que también te lloran.
Por nuestros nietos, que tanto quisiste y que tanto te adoran.
Por ellos.
Por ti.
Por nosotros.
Y voy a intentarlo, mi amor.
Intentaré subsistir en este mundo que ya no tiene sentido para mí.
Caminaré aunque cada paso duela.
Intentaré sonreír aunque mi corazón esté roto.
Procuraré vivir, aunque solo esté esperando el día en que Dios me lleve para volver a estar juntos.
Te lo prometo.
Iré siempre a la iglesia.
Compartiré con los hermanos y hermanas.
Cocinaré en las grandes fiestas, como hacíamos juntos.
Y tu nombre no será olvidado jamás.
Porque preparabas platos deliciosos.
Y uno de ellos… uno inolvidable…
se llamaba “La Dama Perdida”.
Gracias por tanto.
Este abrazo es para ti, de parte de todas tus hermanas y hermanos de la iglesia, que hoy me ayudan a levantar el espíritu y te lloran como te lloramos todos.
Cincuenta años de amor.
Una vida entera.
Un suspiro eterno.
Y un mapa que nos ayudó a encontrarnos… para siempre.
Este fue un Relato de la Vida Real.
Una historia que tocó el corazón de mucha gente en nuestra iglesia, allá por el año 1996.
Ellos se encontraron en una calle de Nueva York.
Ella estaba perdida, con solo una dirección y un mapita en la mano.
En aquella época no existía el GPS, ni los teléfonos que hoy nos guían con flechas y luces.
Era un mapa frío, difícil de leer, casi imposible de noche.
Pero el amor…
el amor siempre encuentra el camino.
Ojalá la vida lo haya bendecido a él, dondequiera que esté.
Y que la alegría de vivir haya vuelto a su corazón.


