Salió a caminar a casa en 1998 y está por llegar después de recorrer casi 50.000 kilómetros
El británico Karl Bushby comenzó su expedición en la Patagonia chilena cuando tenía 29 años. Tras recorrer 49.889 kilómetros, atravesar el estrecho de Bering y cruzar a nado el canal de la Mancha, planea llegar la próxima semana a la casa de su madre en Hull, Inglaterra.

Karl Bushby tenía 29 años cuando comenzó a caminar desde Punta Arenas, en el sur de Chile, con el propósito de regresar a Inglaterra por sus propios medios. Casi 28 años y 49.889 kilómetros después, está cerca de completar una expedición que atravesó cuatro continentes.
El británico ya cruzó a nado el canal de la Mancha y espera llegar la próxima semana a la casa de su madre, en Hull. Tendrá 57 años al concluir una aventura marcada por paisajes extremos, detenciones, dificultades económicas y largos períodos de espera.
Una tarjeta de cumpleaños dio origen a la expedición
La idea comenzó a tomar forma a mediados de la década de 1990, cuando Bushby era paracaidista del Ejército británico y buscaba una prueba de resistencia excepcional. Los recorridos de unos pocos miles de kilómetros no le parecían suficientes para el desafío que imaginaba.
Su padre le sugirió, en una tarjeta de cumpleaños, considerar el cruce del estrecho de Bering durante el invierno, cuando el hielo podía ofrecer una conexión entre Alaska y Rusia. Aquella propuesta abrió la posibilidad de diseñar una ruta a través de cuatro continentes.
Primero dibujó el camino y después viajó al extremo de Sudamérica
Bushby tomó un marcador negro y trazó sobre un mapa una línea desde Inglaterra, pasando por Europa y Asia, cruzando hacia Norteamérica y descendiendo hasta el extremo sur de Sudamérica. Al observarla, comprendió que había encontrado el desafío que estaba buscando.
Luego voló a Sudamérica para recorrer ese trayecto en sentido inverso: desde Chile hasta su hogar. La caminata comenzó en noviembre de 1998, con un presupuesto reducido y un carrito que se convertiría en su compañero durante buena parte del recorrido.
Partió con unos 500 dólares y un carrito llamado La Bestia
Su equipaje inicial incluía alrededor de 500 dólares y un carrito de golf modificado, al que bautizó “La Bestia”. Allí transportaba elementos para acampar, ropa, artículos de higiene, alimentos y agua, mientras intentaba avanzar unos 29 kilómetros en un día promedio.
Los primeros cientos de kilómetros fueron especialmente difíciles por el clima y la falta de apoyo. Durante ese período se alimentaba principalmente con productos comprados en gasolineras y buscaba un lugar para instalar su campamento al terminar cada jornada.
El carrito terminó convertido en una compañía cotidiana
Bushby llegó a hablar de sí mismo y del carrito como “nosotros”. Lo comparó con Wilson, la pelota de voleibol que acompaña al personaje de Tom Hanks en Náufrago, para explicar el vínculo que desarrolló con aquel objeto durante tantas horas de soledad.
Durante años lo arrastró detrás de él. Recién al llegar a Canadá, en 2003, descubrió por casualidad que podía resultarle más sencillo empujarlo. Ese pequeño cambio modificó una rutina que ya llevaba miles de kilómetros.
La aventura también tuvo cansancio y una rutina agotadora
A medida que se conocía su historia, algunas personas se acercaban en automóvil para ofrecerle comida o dinero. Esa ayuda acompañó una experiencia que, según contó, al principio tenía la emoción de cumplir un sueño de aventuras.
Con el paso del tiempo, sin embargo, la caminata se volvió repetitiva y agotadora. Bushby hacía pausas de semanas o meses para recuperarse y alejarse temporalmente de la carretera, antes de regresar al lugar donde había interrumpido el recorrido.
En Estados Unidos encontró controles y sus primeros patrocinadores
Cuando llegó a Nogales, Arizona, en abril de 2002, sintió un cambio en la manera en que era recibido. Según relató, algunas personas lo confundían con alguien sin hogar o lo miraban con desconfianza en el contexto posterior a los atentados del 11 de septiembre.
La policía lo detenía con frecuencia para apartarlo de autopistas, pedirle que moviera su tienda o hacerlo salir de espacios públicos. Allí también consiguió patrocinadores, entre ellos una empresa de alojamiento web y una marca de plantillas, que le aportaban unos cientos de dólares mensuales.
El estrecho de Bering fue uno de los mayores riesgos
En marzo de 2006 comenzó el cruce desde Alaska hacia Rusia junto con Dimitri Kieffer, un aventurero franco-estadounidense. Durante aproximadamente dos semanas avanzaron por una superficie de hielo cambiante, combinando caminatas con desplazamientos a través del agua.
Cada noche buscaban un bloque suficientemente grande para montar el campamento. Bushby recordó el ruido constante del hielo y una ocasión en la que tuvieron que abandonar la tienda porque la superficie comenzó a romperse debajo de ellos.
Llegar a Rusia no significó haber superado todos los obstáculos
El clima favorable durante los últimos días les permitió alcanzar territorio ruso, pero allí fueron recibidos por guardias fronterizos. Según Bushby, las autoridades inicialmente no creían que hubieran cruzado el estrecho de Bering por sus propios medios.
Ambos fueron detenidos por no haberse registrado ante las autoridades rusas y permanecieron retenidos durante casi dos meses. El episodio se sumó a otros problemas de documentación, arrestos y deportaciones que interrumpieron la expedición a lo largo de los años.
Las guerras, la falta de dinero y la pandemia frenaron el avance
El recorrido llevó a Bushby desde la selva del Tapón del Darién hasta la tundra de Siberia. También atravesó períodos en los que se quedó sin dinero, se perdió o fue dado por desaparecido, además de interrupciones provocadas por guerras, crisis económicas y la pandemia.
Cuando no podía continuar, solía trasladarse a México para esperar y buscar una solución. Después retomaba el recorrido desde el punto donde lo había dejado, manteniendo la continuidad de la ruta aunque la expedición incluyera largas pausas.
Dos reglas personales marcaron casi tres décadas de viaje
Bushby se había impuesto dos condiciones: completar el trayecto sin utilizar transportes para avanzar y no volver a pisar el Reino Unido hasta alcanzar la etapa final. Esas reglas dieron forma al desafío, pero también hicieron más difícil mantener la cercanía con su familia.
Durante sus interrupciones podía salir temporalmente de la ruta, aunque luego debía volver al mismo punto para continuar. La promesa de no regresar antes a Inglaterra tuvo un costo particular en la relación con su hijo, Adam.
Su hijo tenía ocho años cuando comenzó la caminata
Adam tenía ocho años cuando su padre partió y durante su infancia no comprendía completamente qué estaba haciendo ni por qué permanecía lejos. Bushby, separado de la madre del niño desde antes del viaje, reconoció sus dudas sobre cómo conciliar la expedición con la paternidad.
Esperaba que la aventura pudiera inspirar a su hijo o hacerlo sentir orgulloso. Un momento importante llegó en 2004, cuando Adam, entonces de 14 años, se reunió con él en Alaska por primera vez desde el comienzo de la caminata.
El regreso también permitirá conocer a su nieta
Adam, que ahora tiene 36 años, contó que aquel encuentro le permitió aceptar el proyecto de su padre y decidir acompañarlo. Con el tiempo, pasó de no entender su ausencia a expresar orgullo por la perseverancia que sostuvo durante la expedición.
Ahora espera recibirlo en Inglaterra y presentarle a Harley, su nieta de 12 años, a quien todavía no conoce. El final del recorrido será también una oportunidad para compartir encuentros familiares que quedaron pendientes durante años.
El canal de la Mancha lo devolvió finalmente a Inglaterra
A principios de octubre, Bushby cruzó a nado el canal de la Mancha y llegó a Dover, cumpliendo la condición de regresar al Reino Unido únicamente durante el tramo final. Después de pasar cerca de la mitad de su vida fuera, volvió a caminar por su país.
Desde allí continuó hacia Hull, donde espera terminar en la casa de su madre. Aunque ya había superado gran parte del trayecto, todavía le quedaban unos cientos de kilómetros cuando relató cómo estaba viviendo la cercanía de la llegada.
Terminar el viaje le provoca una inesperada sensación de pérdida
La mañana posterior al cruce del canal, Bushby se despertó con una sensación que no había anticipado. Durante años, el final había parecido tan lejano que casi no se había detenido a pensar cómo sería vivir después de alcanzarlo.
“Estoy a punto de perder mi propósito de vida”, expresó al describir la inquietud que le produce concluir la expedición. Después de organizar su existencia alrededor de avanzar, resolver obstáculos y continuar, ahora debe imaginar una rutina diferente.
La ayuda de desconocidos es el recuerdo que quiere compartir
Entre las experiencias que más lo marcaron está la hospitalidad de quienes encontró en el camino. Cientos de personas le ofrecieron alojamiento, comida, ayuda o un abrazo, y Bushby asegura haber encontrado esa disposición en distintas culturas y países.
Todavía no sabe con certeza qué hará después, aunque le interesa convertirse en educador científico y ya comparte su historia con escolares. Además de los kilómetros y las dificultades, quiere transmitirles lo que aprendió sobre la amabilidad de los desconocidos y las posibilidades de conocer el mundo.
Fuente: The New York Times