Martina dejó la ciudad y encontró un nuevo comienzo en una casa del siglo XVIII

La joven procedente de Rávena encontró en los Apeninos de la Romaña una antigua casa de campo que estaba a punto de salir a subasta. Después de atravesar una etapa marcada por la bulimia nerviosa, las autolesiones y la depresión, convirtió la propiedad en su hogar y en un proyecto de alojamiento.

Hay viviendas que parecen esperar a la persona indicada. Eso fue lo que sintió Martina cuando entró por primera vez en un antiguo caserío del siglo XVIII situado en los Apeninos de la Romaña, en Italia.

La joven procedía de Rávena y no había llevado una vida especialmente relacionada con el campo. Sin embargo, la propiedad, que estaba a punto de salir a subasta y había perdido una parte considerable de su valor, despertó en ella una conexión inmediata.

Una conexión desde el primer momento

“Cuando llegué aquí en realidad era un día gris. Pero en cuanto entré, sentí una conexión. Cuando sientes algo, simplemente lo sientes”, recordó Martina.

Tres años después, aquella propiedad se convirtió en mucho más que una vivienda. Actualmente representa su casa, su proyecto personal y un espacio en constante transformación.

“Al entrar se nota cómo diferentes identidades conviven aquí. Esta es mi esencia, la esencia de mi casa y la esencia de mi abuela”, explicó.

Una casa construida con recuerdos

La decoración de la vivienda no responde a una sola tendencia ni pertenece a una época determinada. Martina reunió muebles y pequeños objetos procedentes de distintos momentos y lugares de su vida.

Las mesitas compradas en mercadillos de segunda mano conviven con recuerdos familiares y piezas recuperadas. Cada elemento contribuye a formar un hogar que continúa evolucionando junto con su propietaria.

“En general, aquí he recuperado un poco de todo, las mesitas de mercadillos de segunda mano”, contó la joven.

Objetos con diferentes historias

Martina decidió permitir que los objetos conservaran sus propias historias y que cada pieza encontrara naturalmente su lugar dentro de la casa.

El resultado es una especie de autobiografía doméstica en la que cada mueble, recuerdo familiar y elemento recuperado incorpora una nueva parte de su identidad.

La experiencia también representó un desafío práctico. Martina nunca había vivido en el campo ni realizado las tareas propias de una vivienda rural. “Nunca había agarrado un hacha en mi vida”, reconoció.

Una adolescencia marcada por no sentirse parte

El cambio comenzó mucho antes de encontrar la propiedad. Durante su adolescencia, Martina empezó a sentirse diferente de las personas que la rodeaban y percibía que sus intereses avanzaban en otra dirección.

“Los intereses de la gente iban en una dirección y yo iba en la opuesta”, recordó. Esa sensación de no encajar terminó afectando la imagen que tenía de sí misma.

Las dificultades académicas, las comparaciones y la presión por cumplir determinadas expectativas llevaron a Martina a cuestionar su capacidad e inteligencia.

La presión por las calificaciones

“Me consideraba estúpida porque si no sacas un 8 o un 9 en los exámenes, eres estúpido, no eres inteligente”, relató.

Posteriormente atravesó una etapa especialmente complicada, marcada por la bulimia nerviosa, las autolesiones y la depresión. Durante ese periodo dirigió su frustración contra sí misma.

“Había dudado muchísimo de mí misma y sufrí bulimia nerviosa, autolesiones, depresión, de todo y más. Y todo volcado contra mí, hacia mí misma, porque yo era el problema. Ese era mi pensamiento”, expresó.

El comienzo de una etapa diferente

La llegada al caserío no representó solamente una mudanza. Para Martina fue la oportunidad de comenzar otra etapa y construir un entorno en el que pudiera reconocerse y avanzar a su propio ritmo.

La casa se convirtió así en un proyecto de vida donde pudo integrar sus recuerdos familiares, sus gustos personales y una forma de vivir completamente diferente a la que había conocido.

Una hipoteca a los 26 años

Martina tenía 26 años cuando decidió asumir una hipoteca para comprar la propiedad. La magnitud del compromiso le generó ansiedad, ya que estaba tomando una decisión que condicionaría buena parte de sus años siguientes.

“Tuve que detenerme y desactivar esa ansiedad de decir: ‘Estoy empezando una hipoteca con 26 años. Estoy decidiendo los próximos años de mi vida’”, explicó.

La hospitalidad sostiene el proyecto

La joven decidió que la antigua casa de campo no sería únicamente su residencia privada. También abrió sus puertas para recibir huéspedes y ofrecer alojamiento.

La nueva actividad permitió que la propiedad adquiriera otra función y se transformara en un proyecto capaz de sostenerse económicamente.

“Ahora, de hecho, la hipoteca se paga sola con la hospitalidad”, aseguró Martina sobre el camino que comenzó al cruzar por primera vez la puerta de aquella casa del siglo XVIII.

Fuente: DECOSFERA

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