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La otra isla: poder, privilegios y silencio en la Cuba de los invitados ilustres

Intelectuales, celebridades y un sistema de excepciones

Durante décadas, el régimen cubano construyó una doble realidad. Mientras la población enfrentaba escasez, vigilancia y restricciones, un circuito cerrado de privilegios estuvo reservado para visitantes extranjeros considerados “confiables” desde el punto de vista ideológico. Artistas, escritores, cineastas y figuras políticas accedían a residencias exclusivas, movilidad irrestricta y una vida social vedada al ciudadano común.

Exfuncionarios culturales, periodistas del exilio y memorias personales han descrito ese universo paralelo, administrado por instituciones estatales como el MINCULT, el ICAIC y el Ministerio del Interior, donde la discreción y la lealtad política eran la moneda de cambio.

Testimonios, denuncias y zonas grises

Críticos del régimen han sostenido que, en ese contexto, existieron abusos sistemáticos de poder, incluidos vínculos sexuales desiguales y prácticas toleradas —cuando no facilitadas— por el Estado. Estos señalamientos no siempre derivaron en procesos judiciales, pero forman parte de un cuerpo de denuncias recurrentes que atraviesa décadas.

Algunos nombres emblemáticos de la cultura latinoamericana y europea aparecen en relatos y testimonios indirectos que describen estancias prolongadas, acceso a ocio exclusivo y relaciones personales protegidas por el aparato estatal. La crítica central no se limita a conductas individuales, sino a un sistema que garantizaba impunidad, silencio y beneficios a cambio de prestigio internacional y apoyo simbólico al régimen.

Infraestructura del secreto

Entre los años 80 y 90, investigaciones académicas y periodísticas documentaron la existencia de redes organizadas en torno al turismo sexual, con hoteles para extranjeros, guías, intermediarios y personal de seguridad. Lejos de encuentros fortuitos, se trataba de espacios controlados, con entradas y salidas sin registro visible, consumo de bienes importados y ausencia de supervisión independiente.

La figura de la jinetería —reconocida incluso por el discurso oficial— evidenció cómo la economía del deseo se volvió un recurso tolerado en una isla asfixiada económicamente, especialmente tras la caída del bloque soviético.

¿Y la población común?

Mientras el Estado condenaba públicamente la “decadencia moral” del capitalismo, miraba hacia otro lado frente a prácticas que involucraban a extranjeros y afectaban a jóvenes cubanos. Organismos de derechos humanos han señalado la vulnerabilidad estructural, la desigualdad extrema y la falta de mecanismos de protección efectivos, factores que alimentaron la explotación sexual y la trata.

Una pregunta incómoda

La discusión no gira solo en torno a individuos, sino a la responsabilidad política de un sistema que convirtió la excepción en norma y el silencio en política pública. Para sus críticos, Cuba no necesitó escándalos externos: construyó su propio enclave opaco, lejos del escrutinio y con escasa documentación que permita hoy establecer responsabilidades penales claras.


Fuentes

  • Human Rights Watch – Informes sobre Cuba y vulnerabilidad social
  • Amnistía Internacional – Derechos humanos y libertades civiles en Cuba
  • Archivos académicos sobre jineterismo y turismo sexual en el Caribe
  • ONU (UNODC) – Informes sobre trata de personas en América Latina
  • Ernesto Hernández Busto, Carlos Alberto Montaner, Rafael Rojas – Ensayos y crónicas del exilio cubano
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