Casi 15 años después de que el Gran Terremoto del Este de Japón paralizara su industria atómica, el país nipón ha marcado un hito histórico al reiniciar las operaciones en la central nuclear de Kashiwazaki-Kariwa, la más grande del planeta. Este movimiento, liderado por la empresa Tokyo Electric Power Company (Tepco), representa un giro estratégico en la política energética del país, aunque no está exento de controversias y fallos técnicos de último minuto.

Un gigante que despierta con dificultades

El reactor número 6 de la planta, ubicada en la prefectura de Niigata, volvió a la vida tras años de estrictas revisiones de seguridad. Aunque la puesta en marcha estaba prevista inicialmente para un día antes, un fallo en los sistemas de alarma obligó a posponer el proceso, recordando la fragilidad de estas infraestructuras. A pesar de que la planta cuenta con siete reactores, por ahora solo este operará comercialmente, mientras que el futuro del resto de las unidades sigue siendo incierto o está proyectado para la próxima década.

El dilema entre la seguridad y la soberanía energética

Desde el desastre de 2011, Japón ha pasado de ser un líder nuclear a depender casi totalmente de la importación de combustibles fósiles. Bajo el mandato de la primera ministra Sanae Takaichi, el gobierno ha endurecido su postura a favor de la energía nuclear, argumentando que es vital para:

  • Autosuficiencia: Reducir la dependencia de suministros externos en un contexto geopolítico inestable.
  • IA y Semiconductores: Satisfacer la demanda masiva de electricidad que requieren los nuevos centros de datos.
  • Metas de Descarbonización: Alcanzar las cero emisiones netas para el año 2050.

Sombras de desconfianza: Escándalos y protestas

La confianza del público japonés en Tepco sigue siendo mínima. A los recuerdos del accidente de Fukushima se suman incidentes recientes de mala gestión de documentos confidenciales y la manipulación de datos sísmicos en otras plantas, como la de Hamaoka.

Aunque la Autoridad de Regulación Nuclear (NRA) ha impuesto estándares mucho más rigurosos —incluyendo muros de contención de 15 metros contra tsunamis—, expertos y ciudadanos temen que las medidas actuales solo miren hacia los desastres del pasado y no hacia los riesgos impredecibles del cambio climático o nuevos «megaterremotos».


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